La gestión financiera tiene un objetivo bastante concreto: maximizar el valor de la empresa para sus dueños. Suena ambicioso, pero en el día a día se traduce en decisiones más terrenales sobre dónde invertir, cómo administrar lo que ya tenemos, cómo financiarnos y qué hacer con las ganancias.
Decidir en qué invertir
Lo primero es evaluar las inversiones. Antes de poner plata en un proyecto, hay que estudiarlo: ¿genera valor?, ¿qué tan probable es que el escenario que proyectamos efectivamente se cumpla?, ¿qué pasa si las cosas no salen como esperamos?
Y hay una pregunta que a veces se pasa por alto: el costo de oportunidad. Hacer este proyecto significa no hacer otro. Por eso no alcanza con que el elegido dé resultados; tiene que dar mejores resultados que las alternativas con un nivel de riesgo similar.
Cuidar lo que ya está adentro
Una vez que la inversión se hizo, el trabajo no termina. Gestionar las inversiones existentes es tan importante como elegir las nuevas, y buena parte de eso pasa por el capital de trabajo: cuentas a cobrar, inventarios, plazos con proveedores.
Mantener estas variables dentro de los parámetros definidos no es burocracia: es lo que evita que la empresa se quede sin liquidez. Si las cuentas a cobrar se van de rango, alguien tiene que financiar ese desfase, y ese alguien se cobra. Puede ser un banco con su tasa de interés, un proveedor al que pagamos tarde con un recargo implícito, o accionistas a los que les pedimos más capital, lo que diluye el rendimiento por acción.
Definir el mix de financiamiento
La gestión financiera también supone monitorear cómo financiamos la empresa: cuánto con deuda, cuánto con capital propio, en qué moneda, a qué plazo. La combinación que maximiza el valor no es la misma para todas las empresas ni para todos los momentos.
La política de dividendos
Por último, qué hacemos con las ganancias. Acá hay que conciliar tres cosas que no siempre tiran para el mismo lado: lo que esperan los accionistas, lo que necesita la empresa para financiar sus próximos proyectos y lo que indican las decisiones de financiamiento que ya tomamos.
No hay una receta única, pero sí un norte: alinear la distribución de dividendos con la estrategia financiera global. Sin ese alineamiento, las decisiones se vuelven contradictorias y el valor que tanto buscamos termina diluyéndose en el camino.